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Príncipe Felipe, duque de Edimburgo

El ‘outsider’ de sangre azul

Por Tatiana Ramírez 12 Abr, 2021

Antes que Meghan y Kate, antes que Diana Spencer, fue Felipe Mountbatten quien entró para remover y refrescar el mundo y las arcaicas estructuras de los Windsor.

El duque de Edimburgo, conde de Merioneh, barón Greenwich y Lord High Admiral era lo que se dice en propiedad un hombre de “sangre azul”. Nació en la isla griega de Corfu con los títulos de príncipe de Grecia y Dinamarca. Por sus venas corría la sangre de las casas reales inglesa, rusa, alemana y danesa. Sin embargo, su infancia y adolescencia fueron duras y traumáticas en una familia, al menos, disfuncional, y nunca se pensó en él como un buen candidato para la futura reina de los británicos.

Se conocieron de niños en la boda de Marina de Grecia con el príncipe Jorge -duque de Kent- y se reencontraron años más tarde cuando Felipe tenía ya 18 años y estudiaba en la Escuela Naval de Dartmouth. Para la princesa Isabel fue amor a primera vista y la relación creció en una correspondencia epistolar como en las más tradicionales historias de amor.

El romance, sin embargo, no fue bien recibido en los círculos cortesanos que veían en él a un hombre rudo, impetuoso, arrogante, con título, pero sin patrimonio y, además, probablemente infiel.

¿Cómo un hombre tan apuesto como el joven Mountbatten (al tomar la ciudadanía británica había adoptado una variación del apellido de soltera de su madre que era “Battenberg”) no iba a estar permanentemente rodeado de chicas? ¿Cuáles eran las probabilidades de que fuera fiel a la futura reina? Lo veían como un alma demasiado libre y demasiado lejana de las rigurosas tradiciones establecidas en el reino.

Pero el amor de Lilibeth, el apodo con que cariñosamente él llamaba a Isabel II, fue más fuerte porque, más allá de la opinión de sus padres y de algunos oficiales de palacio, ella estaba segura de que Felipe era “el indicado”. Se casaron en 1947 cuando ella tenía 21 años y él 26. Inmediatamente se convirtió así en el “recién llegado”, el “extranjero”, aquel personaje que venía de afuera, que generaba desconfianzas y que, sin un rol constitucionalmente definido, debió construirse a pulso y obstinación el papel público que tendría en adelante, tres pasos atrás de su monarca y esposa, así como el que tendría en la privacidad de su vida familiar.

Tuvo una carrera naval promisoria y brillante y sirvió con distinción en la Segunda Guerra Mundial. Era un líder natural y la Armada era su pasión, hasta que el timón del barco profesional cambió ante la muerte de su suegro, el Rey Jorge VI. Ese día de 1952 su mujer pasó a ser la nueva monarca bajo el nombre de Isabel II.

En la coronación de la reina en 1953, el príncipe Felipe fue el primero en jurar lealtad convirtiéndose en su “vasallo y devoto servidor”, en un papel de consorte del que había pocos precedentes y el que debió desarrollar según el método de “ensayo y error”, según dijo en una entrevista con la BBC.

En medio de una corte profundamente tradicional, el príncipe Felipe fue obstinado y perseverante para tomar el liderazgo e intentar reformar la gestión de los palacios e incluso integrar nuevas tecnologías, como la televisión, a las rutinas de la casa real. Insistió en que la ceremonia de coronación fuera transmitida por las cámaras y él mismo fue el primer integrante de la realeza en dar una entrevista en TV, además de presentar también un programa por ese mismo medio en 1957.

Fue también pionero en el movimiento ambientalista y décadas antes de que se hubieran socializado, él ya se interesaba por temas como la conservación, la ciencia y la tecnología y la importancia de mejorar la educación en esas áreas, el papel de la aptitud física en la salud y la conciencia de salvar la selva tropical. Y aunque en la entrevista del príncipe Harry con James Corden le contaba sobre las dificultades de su abuelo para terminar las videollamadas, el príncipe Felipe fue uno de los primeros en adoptar los computadores y el correo electrónico.

Por amor dejó su fe ortodoxa griega, su título de príncipe de Grecia y Dinamarca, renunció a su carrera naval y se convirtió en consorte a tiempo completo de Isabel. Sí, dejó sus egos a un lado y se ubicó en un segundo plano en tiempos en que una actitud de ese tipo bordeaba lo impensable.

Si bien en los 73 años de matrimonio hubo incontables -aunque nunca confirmados- rumores de picantes aventuras de alcoba y varias infidelidades, Felipe puso en primer lugar su deber con la reina y se convirtió discretamente en una de las figuras de mayor influencia en la familia real.

Si bien la reina llevaba las riendas de las decisiones públicas, el príncipe Felipe era el patriarca familiar, aunque fue en esa arena donde perdió una dolorosa batalla personal. Sus hijos no llevarían el apellido Mountbatten, sino Windsor: “Soy en único hombre de este país que no puede dar a sus hijos su nombre. No soy más que una ameba”, se habría quejado en su círculo de amistades más cercano.

Hombre de palabra, jamás dejó de apoyar a la reina porque, como recoge el obituario de la BBC, su tarea era la de “asegurar que la reina pudiera reinar”. Así lo hizo e Isabel II le dedicó palabras muy especiales al celebrar sus bodas de oro: “Él es alguien que no acepta fácilmente los cumplidos, pero ha sido, sencillamente, mi fuerza y mi apoyo todos estos años. Y yo, y toda su familia, y éste y muchos países tenemos una deuda con él mayor de la que nunca podría reclamar o de la que nunca sabremos”.

Si bien ha sido retratado como un padre frío, distante y disciplinado con sus cuatro hijos, Carlos -príncipe de Gales y heredero al trono-, Ana -muy parecida a él y su favorita-, Andrés y Eduardo, también se le ha dado el valor de ser la fuerza que ha mantenido unida a la familia real. Los cuatro han destacado la disposición a escuchar que tenía su padre y la fuente de confianza que era para ellos. La relación con sus nietos ha sido notoriamente más cercana y hasta se dice que los príncipes William y Harry se llevaban mejor con él que con Carlos.

El príncipe Felipe se retiró de sus funciones públicas en 2017 y tras ello se le vio pocas veces en público, aunque se especula que siguió siendo el duque detrás del trono hasta su último suspiro.

Según sus deseos su funerale se realizará el próximo sábado 17, a las 15.00 (10 de la mañana en Chile) y será retransmitido por televisión. Será un “funeral real ceremonial” al que asistirán solo 30 personas cumpliendo las restricciones impuestas por la pandemia.

El primer ministro británico. Boris Johnson, contó que no asistirá a la ceremonia para permitir que vaya el mayor número de familiares. Ya se sabe que el príncipe Harry llegó desde Estados Unidos sin Meghan Markle, que quedó en California por indicación médica considerando su embarazo.

También, según sus deseos, su ataúd permanecerá en una capilla privada del castillo de Windsor, desde donde será llevado en un pequeño cortejo fúnebre hasta la capilla de St. George (donde se casó Harry y Meghan) para la ceremonia religiosa. El féretro estará envuelto en el estandarte personal del duque de Edimburgo, algunas flores, su gorra naval y su espada.

Terminado el funeral, el ataúd será llevado a la Bóveda Real, debajo de la capilla, donde será enterrado.

Antes que Meghan y Kate, antes que Diana Spencer, fue Felipe Mountbatten quien entró para remover y refrescar el mundo y las arcaicas estructuras de los Windsor. Su figura no estuvo libre de polémica y se discute si realmente logró ganarse el corazón de los británicos cuando algunos siguieron llamándole “Felipe el griego”.

Sin duda, tuvo siempre el corazón de Isabel II y su experiencia personal como “allegado” fue un gran apoyo para las parejas de sus hijos y nietos, en el proceso de entrar a la familia Windsor e integrarse a las estructuras que él mismo intentó renovar.

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