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Estrellas Rojas: las historias de destacadas deportistas chilenas

Por 16 May, 2019

Anita Lizana, Érika Olivera, Crespita Rodríguez y Paula Navarro son algunas de las 17 chilenas cuyas trayectorias en el deporte forman parte del nuevo libro de Cristian Arcos y Luz María Astudillo. Acá, un adelanto.

Estrellas Rojas: las historias de destacadas deportistas chilenas

La tenista número uno del mundo en 1937, Anita Lizana. La medalla de plata en los JJ.OO. de Melbourne 1956, Marlene Ahrens. La atleta que ha competido en cinco maratones olímpicos, Erika Olivera. La primera DT de un equipo de fútbol profesional, Paula NavarroLa tricampeona sudamericana de lanzamiento de bala, Natalia Duco. La arquera y capitana de la selección de fútbol que clasificó al Mundial de Francia 2019, Christiane Endler.

Todas ellas son chilenas y son parte del nuevo libro Estrellas rojas, del periodista Cristian Arcos y la poeta Luz María Astudillo. ÉEste reúne los relatos de vida de 17 deportistas chilenas, que con su trayectoria dan cuenta de la historia de lucha femenina en el mundo del deporte de los últimos 100 años.

Si bien son de distintas épocas y disciplinas –básquetbol, fútbol, tenis e incluso hay una mujer árbitro, Belén Carvajaltodas estas mujeres tienen en común que decidieron remar contra la corriente y, aunque por años estuvieron a la sombra de los hombres, lograron ganarse un espacio en el deporte chileno y dejar un legado para las siguientes generaciones.

A continuación, un extracto del relato de la campeona mundial de boxeo, Crespita Rodríguez:

Los golpes de la Crespita Rodríguez

La pequeña Carolina cerró la puerta con fuerza. Dejó atrás las carcajadas de los niños vecinos, que habían encontrado una excusa para molestarla otra vez. Aunque intentó no llorar, Moisés Rodríguez se percató de inmediato de la pena que traía su hija. La niña abrazó a su padre sin mediar palabra, con la fuerza que otorga la rabia silenciosa. La escena fue interrumpida por Erick, el mayor de los hermanos Rodríguez Solorza.

—¿Qué te pasó, Carolina? —le preguntó con insistencia.

Recién tras la tercera interrogante, su hermana dejó de respirar entrecortado y le respondió.

—Me pegaron.

Erick le limpió las mejillas húmedas, le apartó el pelo rizado que caía sobre su rostro y la tomó del brazo. Juntos fueron al patio del sector en donde vivían en La Pincoya, una de las poblaciones más peligrosas del país. La condujo hasta donde jugaba un grupo de niños. Carolina los reconoció como los culpables. Su hermano se inclinó sobre ella y sin quitarle la vista de los ojos agregó: “Anda y pégale. Yo no estaré toda la vida para defenderte”.

Esa fue la primera pelea de Carolina Rodríguez, cuando tenía siete años. Mucho antes de convertirse en la Crespita, campeona mundial de boxeo en las tres federaciones más importantes del pugilismo mundial. Mucho antes de conocer de cerca el cielo y el infierno, la cordura y las peores decisiones. La historia de Carolina Rodríguez no fue uno de esos relatos que se escriben con rosas y sin espinas. Su camino estuvo lleno de obstáculos, propios y ajenos, que forjaron en ella un carácter capaz de resistir cada embate, no solo los que provenían del ring.

En 1999 el presagio de su hermano se cumplió de forma trágica. Una pelea normal entre vecinos terminó en una balacera. Un disparo perdido impactó en Erick, quien falleció producto de las heridas. Fue un golpe demoledor para toda la familia, en especial para Carolina. Era su principal soporte, su protector, quien cuidaba sus pasos y la aconsejaba. Tanto fue el derrumbe familiar, que Carolina, junto a su madre, Alicia Solorza, no soportaron seguir viviendo en la misma casa donde crecieron y se criaron. Se trasladaron a Puente Alto, a la Villa Ramón Venegas, para intentar comenzar de cero.

Carolina Rodríguez nació el 30 de septiembre de 1983 como la menor de seis hermanos. Desde pequeña se caracterizó por su carácter fuerte y explosivo. En broma, en la familia la apodaban la Cinco Minutos (por su escasa paciencia) o la Fosforito, (porque prendía de inmediato a la hora de discutir). Nada en su crianza hacía presagiar que pelear en un cuadrilátero sería su vía de escape y la forma de ganarse un lugar en la escena deportiva nacional. Pero para alcanzar ese sitial tuvo que remar en aguas demasiado torrentosas.

Egresó como contadora del Liceo Comercial Nora Vivians Molina, de la comuna de Recoleta. Muy joven comenzó a trabajar en una oficina en el centro de Santiago. Todos los días se montaba en su bicicleta y recorría varios kilómetros para llegar a su lugar de trabajo. Una hora y media de ida, lo mismo de vuelta. Se ahorraba algunos pesos y de paso le servía para hacer ejercicio. En aquel tiempo Carolina pesaba noventa kilos y medía 1,57 metros de estatura. El método que encontró para bajar de peso le abriría las puertas de su destino.

A los pocos meses se inscribió en un gimnasio cercano a la oficina. Hacía diferentes rutinas para adelgazar. Allí conoció a un preparador físico que había sido campeón sudamericano de kickboxing. Su nombre era Claudio Pardo, quien años después se transformaría en su entrenador, manager, pareja y padre de sus hijos.

Pardo vio en Carolina condiciones innatas para el kickboxing. La invitó a entrenar y ella aceptó. Tres me- ses después había bajado más de diez kilos además de tonificar su figura. Estaba lista para dar el siguiente paso: atreverse a competir en esta nueva disciplina. “Fue sentir algo que jamás había sentido. Cuando era chica yo quería que me trataran como a los hombres. A ellos les daban más permisos, no hacían las cosas de la casa, les tocaba la presa más grande de la cazuela”, recordó al hablar de su incipiente carrera en el kickboxing.

Con apenas tres meses de entrenamiento, en junio de 2004 protagonizó su primer combate. Pesaba sesenta y siete kilos. Con poca técnica pero mucho pundonor, se subió al ring y venció a una contrincante con siete años de experiencia. Bajó herida y amoratada del cuadrilátero, pero feliz como nunca. Aunque el día siguiente se dislocó la rodilla en una pelea, ganó. A los cuatro meses nadie quería combatir con ella porque ganaba siempre por paliza. Lo que empezó como un régimen para adelgazar se estaba transformado en una pasión irrefrenable.

Su vida tomaba un giro inesperado. El nuevo escenario le traería costos de todo tipo, principalmente familiares. Se sentía cada vez más ajena a su trabajo. No era feliz elaborando balances o llevando cuentas. Decidió dejarlo todo y apostar por el kickboxing. Eso significó golpear cientos de puertas en busca de recursos y financiamiento. También provocó que su entorno más cercano, en especial su madre, le demostraran sin miramientos su oposición a este nuevo rumbo en su vida. Alicia la expulsó de la casa, pensando que esa medida radical le serviría para recapacitar. Se preocupaba no solo de la salud de su hija, sino también de su bienestar económico. Dedicarse al deporte en Chile era un riesgo enorme. Apostar por una actividad no muy popular y con poca exposición era dar un salto al vacío.

Carolina no se rindió. El dinero escaseaba, así que vendió algunas pertenencias. Durmió en casas de amigas que la recibieron cuando faltaba el hospedaje. Hasta pernoctó en el banco de una plaza un día en que no pudo conseguir techo. El gimnasio donde entrenaba fue mu- chas veces su morada. Juntó el dinero y se fue a competir a Brasil, Argentina, Serbia y Tailandia. Todo financiado por ella y su entrenador, Claudio Pardo. En Argentina le ofrecieron nacionalizarse para defender al país en campeonatos continentales, pero Carolina quería pelear por Chile.

El último día de 2007 su vida hizo un enroque definitivo. Eran las once y media de la noche del 31 de diciembre en el Aeropuerto Internacional Viru Viru, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Carolina Rodríguez esperaba abordar el vuelo 747 de Aerosur. La acompañaba una chilena a quien había conocido solo algunos días antes. Tras el primer llamado de embarque, los pasajeros se ordenaron en la fila correspondiente para tomar un vuelo muy especial. Pasarían el Año Nuevo en altura. Las azafatas y el personal prometían un brindis con champaña por la llegada del 2008 en pleno vuelo.

La rutina se quebró con el repentino ingreso de varios oficiales de la Fuerza Especial de Lucha contra el Narcotráfico del país altiplánico. Los funcionarios se dirigieron directamente a Carolina y su acompañante. Les pidieron ir a una sala contigua, mientras el resto de los pasajeros miraban atónitos el operativo en medio de murmullos y preguntas.

Las mujeres fueron interrogadas por separado. Al principio su versión era uniforme: irían a pasar las fiestas de fin de año a Madrid, solas. Pronto entraron en contradicciones. Portaban cerca de cuatrocientos dólares y ninguna poseía tarjetas de crédito. Un viaje a Europa sin dinero era difícil de creer.

Una de las oficiales revisó sus bolsos con prolija detención, pero no encontró nada sospechoso. Comenzó a examinar a Carolina Rodríguez y de inmediato detectó unos bultos que sobresalían bajo su ropa, como una especie de segunda piel. No fue necesario hurgar demasiado para descubrir que llevaba tablillas con droga adheridas al cuerpo. En total, 3.756 gramos de cocaína.

Entre los trabajos que había realizado para financiar su incipiente carrera en el kickboxing, Carolina Rodrí- guez las ofició de guardia en un club nocturno. Allí conoció a personas vinculadas al mundo de las drogas. La ausencia de perspectivas económicas y el agobio por la falta de dinero la nublaron por completo. Entró en una espiral de desesperación, caldo de cultivo para tomar malas determinaciones. La peor de todas fue aceptar ser “mula” en un traspaso de cocaína. Así se denomina en la jerga del narcotráfico a quienes son contratados para llevar la droga oculta o adosada al cuerpo. Otra modalidad son las “tragonas”, quienes engullen las sustancias para expulsarlas al llegar a su destino, lo que conlleva un riesgo enorme para su integridad.

De acuerdo con la policía boliviana, cada kilo de la mercancía que llevaba Carolina se comercializaría en treinta mil dólares. Ella recibiría una comisión menor por el traslado.

El 2 de enero de 2008, Carolina Rodríguez fue trasladada al Centro de Rehabilitación Santa Cruz Palmasola, uno de los penales más poblados y peligrosos de Bolivia. Le decían “la cárcel pueblo”, por sus particularidades que la convertían en una verdadera ciudadela: los reclusos elegían a sus líderes, había una biblioteca y los reos más antiguos tenían casas que arrendaban a quien tuviera el dinero para costearlas y tener un mejor pasar al interior del recinto. Una policía de internos custodiaba la seguridad. Los niños de los más veteranos podían entrar y salir del lugar con total libertad.

Carolina Rodríguez evitó realizar cualquier actividad física en su paso por Palmasola. No quería que la encasillaran en ningún rol, por lo que su historia en el kickboxing se mantuvo en secreto. A los pocos meses de encierro, su padre viajó a Bolivia para monitorear personalmente la estrategia de defensa junto a su abogado y lograr que quedara en libertad lo antes posible. Moisés Rodríguez consiguió empleo en un restaurante cercano a la cárcel y arrendó una pieza no muy lejos de ahí.

La acusación de la Fiscalía fue por el delito de trans- porte de sustancias controladas. El Ministerio Público pedía diez años de presidio, lo que habría significado el fin de su carrera deportiva…

Estrellas rojas, de Editorial Planeta, ya está disponible en las principales librerías del país.

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