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El rinoceronte blanco

Por 21 Mar, 2020
El rinoceronte blanco

Hace un tiempo, mi hijo que tiene 10, muy abrumado me contó que en lo que iba del año ya habían desaparecido dos especies: el rinoceronte blanco y el pez remo gigante chino.

Le comenté con tristeza que me impactaba cómo los seres humanos podíamos ser capaces de tanta destrucción y mezquindad.
Me miró y pausadamente me dijo: «Tranquila mamá, pronto los seres humanos también nos extinguiremos y el planeta podrá por fin vivir en paz».
-¿De verdad crees eso?, le pregunté un poco golpeada con su reflexión.
-Es obvio, mamá, si no somos capaces de arreglar el daño que hemos hecho, vamos a desaparecer.

Eso fue hace unas semanas.

Hoy cumplimos siete días de encierro total. Al colegio de mis hijos lo declararon en cuarentena el viernes 13 y yo al ser “contacto“, también he debido cumplir con rigor el aislamiento .
Toda la vida me he quejado de no tener tiempo, de estar en una eterna carrera para alcanzar a vivir y ahora de pronto estoy obligada a parar.

No me cuestan mis hijos, me encanta tenerlos pegados. No me cuesta mi casa, que tiene espacio para todos, pero sí me ha costado perder el contacto con los que quedaron afuera.

Con el timbre que suena y llega mi papá, mi mamá, mi hermana, mi abuela, mi amiga y yo [email protected] abrazo. Eso no ha podido pasar y no sé hasta cuándo. Quizá, si no me sintiera en peligro de extinción, no me daría angustia, pero en esta peligrosidad que se respira quisiera que estuviéramos todos resguardados en la misma guarida.

Existir sin cercanía con el otro, me parece un desafío tremendo. Y si no tengo a los otros, entonces, o me tengo a mí en toda la dimensión de la palabra y con conciencia, o estamos jodidos.

No pienso imponernos ninguna obligación en esta cuarentena. Reconozco que el primer día partí lavando cortinas, el segundo pintando un baño, el tercero ordenando cajones, despensa y repisas y el cuarto cocinando merengues porque el cuerpo me pedía dulzura. Pero ya no.

No quiero hacer nada. Sólo tomar conciencia de esta tremenda lección de vida, donde queda al descubierto que no tenemos el control, que en un segundo cambia todo y si estamos encerrados no es para lamentarnos aterrados contra una pared, tampoco para hacer de profes o animadores de cumpleaños para nuestros hijos.

La idea es calmar el ruido constante, invitarlos a mirar el cielo y planear acciones concretas para que cada uno, desde donde le toque, ponga de su parte para revertir el daño y no seguir trazando el mismo destino del rinoceronte blanco o del pez remo gigante chino.

Que así sea 🙌

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