Todo termina, SuperTrump
Las elecciones de medio término en EE.UU han dado un veredicto que no sorprende, ya que el correr del tiempo hacía prever que nada es para siempre, y menos aún cuando una sociedad se cansa frente a un falso profeta.
Las elecciones de medio término en EE.UU han dado un veredicto que no sorprende, ya que el correr del tiempo hacía prever que nada es para siempre, y menos aún cuando una sociedad se cansa frente a un falso profeta.
Europa no es ajena a esta tendencia, con países que encaran un proceso de “autocratización”, en una nueva versión acerca de que el poder ya no lo tiene el ciudadano, sino quien gobierna. Y quien gobierna usa todo el arsenal para destruir todo lo que sea ajeno a su realidad. Entonces, quemamos lo libros.
Los presidentes del “patio trasero”, algunos mansamente alineados y otros intentando ser el mejor alumno del superhéroe (caso Milei) están firmando un acuerdo de unidad en torno a un escudo que hipoteca la soberanía, y muy especialmente la libertad que vocifera a los cuatro vientos el Capitán América, esa misma libertad con la que censura y cercena a la prensa que supone es la que debilita la fuerza de su imperio.
En todos los momentos y los casos, el conocimiento necesitó de combustible, pasando por el esfuerzo humano hasta la energía solar. Entonces resulta determinante apropiarse del recurso esencial (energía) para potenciar el desarrollo de la IA, con la que se supone que las potencias en pugna pueden dominar el planeta.
Lo que algunos políticos o gobernantes denominan "centro" otros, que saben escuchar la calle, lo llaman pragmatismo, que para nada es tibieza.
Un gobernante puede tener autoridad formal y poder despótico pleno, pero no tener poder infraestructural lo que implica que esa decisión no se va a cumplir, la burocracia la ignora y la sociedad no responde. Aquí aparece la falta de “autoridad personal”.
En estos tiempos de mediocridad, cuando un político vende como idea pura “la libertad” o “la justicia social” sin una doctrina que la aplique, solo está traficando ilusiones, lo que resulta atrapante como toda ilusión aunque nunca verificable.
La política tarda décadas en nunca resolver lo que el fútbol en un Mundial resuelve en un mes y medio. Por eso el mundo se detiene. No por la pelota, sino por el alivio que algo, al fin, tiene la posibilidad de concretarse.