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COLUMNA

De mechas y consciencia

Por 27 Dic, 2018

Nuestro columnista nos relata de un especial encuentro que tuvo en su viaje al taller de su maestra Isha en Uruguay. Un encuentro denominado vip… “proceso muy intensivo”.

De mechas y consciencia

Como cada diciembre desde hace diecisiete años, subimos a un avión con Toño mi compañero en dirección a costa Azúl, Uruguay, rumbo al ashram de Isha para participar del último taller del año que imparte nuestra maestra espiritual.

Una semana potente donde el estrés se mueve a niveles inimaginables. Esta vez no fue diferente. Aterrizamos sesenta discípulos de todos lados del mundo. En esta oportunidad Isha organizó un taller vip, sin embargo, su traducción no era de “personas muy importantes”, sino que este las siglas de este vip significaban “proceso muy intensivo”, algo muy diferente.

Así fue como tuvimos la oportunidad de enfrentarnos a muchos espejos que reflejaron en cada momento nuestra luz y nuestra oscuridad. El casting no pudo ser mejor: absolutamente transversal, jóvenes y viejos, todos mezclados como un poema de Nicolás Guillén. Había algo que nos unía: la necesidad de ser cada día mejores seres humanos.

Durante esos siete días vivimos una maratón emocional donde tuvimos la posibilidad de gritar, llorar, golpear sobre cojines y permitirnos pataletas como niños. Así se logró drenar todo lo que, por reprimir en su momento, nos llena de ruidos mentales traduciéndose en un agotamiento innecesario de vivir.

Uno de los tantos atractivos de estos talleres es la posibilidad de conocer personas de diferentes lugares del planeta: mexicanos, colombianos, franceses, italianos, canadienses, etc. Variados personajes que solo ayudan a poder vernos en nuestra máxima expresión. Hubo un par de ellos que marcó profundamente mi corazón, Angelina, una princesa inca pareja de un torero catalán que venía desde Barcelona para llenar mi alma de buenas intenciones. También encontré a Ñeñy, una campesina de Quillota a quien, en uno de nuestros descansos, tuve la oportunidad de cortar su pelo. Esto último fue algo grandioso, ser el demiurgo de su transformación.

Era necesario en Ñeñy limpiar sus antenas, desde mi percepción y sensibilidad pude percibir que cortando sus mechas ayudaría a su sanación. Acordamos encontrarnos a las 8 de la tarde, cuando el sol se prepara a descansar allá en el horizonte de ese Atlántico cafesoso mezclado con el Río de la Plata.

Así fue, lavé su pelo y llegó a nuestra cita como acordamos, con una silla blanca sostenida sobre sus hombros. Se sentó en ella dispuesta a entregarse en ese ritual de limpieza. Mis tijeras comenzaron a tomar vida con su rítmico sonido del titanio, que poco a poco comenzaría su trabajo para crear esta nueva imagen necesaria para Ñeñy en ese momento de su vida.

Sus plateadas canas comenzaron a caer al suelo del lugar y en cada tijeretazo podía ver como renacía esta nueva mujer quien, poco a poco, fue reivindicándose en su propia belleza.

Fue casi sincrónico: cuando llegó a su fin mi trabajo, el sol ya se disponía a descansar hasta el próximo día. Sin embargo, su luz ya no era necesaria porque en ese momento ella se transformó en luz, iluminando todo el lugar con su amor, belleza y consciencia.

Gracias, Ñeñy querida, por darme la oportunidad de conocerte, de sentirte. Gracias por permitirme ser parte de tu proceso dejándote más guapa, más entera, más grandiosa, más divina de lo que eras.

Ahora, te aseguro que estás con tus mechas conectadas a tu universo iluminado.

Francisco Llancaqueo

Francisco Llancaqueo es uno de los peluqueros más exitosos de Chile. Director de la Fundación Arte-Luz, en 2013 lanzó con excelente crítica su libro De lo bueno mucho. Autobiografía de un mapuche resiliente. Antes de ese texto fue columnista en medios como Paula y The Clinic. Sus relatos fueron la fuente de la obra teatral El hijo de la peluquera, dirigida por Javiera Contador.

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